Entre arena y océano: descubriendo las mejores playas de las Islas Cíes

Para él, visitar las Islas Cíes siempre significaba reencontrarse con una calma difícil de encontrar en otros lugares. Cada viaje comenzaba con la misma ilusión: pisar algunas de las playas más hermosas del Atlántico y dejar que el ritmo del mar guiara el día. Las Cíes, con su mezcla de naturaleza salvaje y paisajes de postal, le ofrecían siempre una experiencia distinta, aunque recorriera los mismos arenales una y otra vez.

La primera parada obligada era, por supuesto, la playa de Rodas. A menudo descrita como una de las más bellas del mundo, este arco de arena blanca unía las islas de Monteagudo y Faro en una curva casi perfecta. A él le fascinaba la claridad del agua, ese tono turquesa que recordaba a lugares tropicales pero que conservaba la fuerza y frialdad del Atlántico. Caminaba despacio por la orilla, observando cómo el oleaje suave rompía sobre la arena fina como harina. Siempre pensaba que Rodas no era solo una playa: era una bienvenida, una puerta luminosa a todo lo que las Cíes podían ofrecer.

Después de disfrutar de ese primer baño, solía dirigirse hacia la playa de Figueiras. Menos transitada y rodeada de un entorno más salvaje, esta playa le transmitía una sensación de libertad difícil de poner en palabras. El camino hasta ella, atravesando un pequeño bosque de pinos, le preparaba para un paisaje casi escondido, resguardado del bullicio. Allí, el sonido del viento entre los árboles se mezclaba con el murmullo del mar, creando una atmósfera íntima que invitaba al descanso y a la contemplación.

Más al sur, la playa de Nosa Señora se convertía en otro de sus rincones favoritos. Aunque más pequeña que Rodas, poseía un encanto único: un agua cristalina que cambiaba de color según avanzaba el sol y unas rocas que parecían protegerla como un anfiteatro natural. Él disfrutaba especialmente del silencio de este lugar, perfecto para quienes buscaban desconectar del mundo sin renunciar a la belleza del paisaje.

Al final del día, mientras el sol empezaba a descender tras los acantilados, él siempre se quedaba unos minutos contemplando el horizonte. Visitar las mejores playas de las Islas Cíes no era simplemente recorrer arenales, sino dejarse envolver por una sensación de serenidad profunda, esa que solo aparece cuando el mar, la luz y la naturaleza se combinan en equilibrio perfecto. Cada visita le recordaba que, en las Cíes, el tiempo parecía detenerse para permitirle respirar más hondo.