Hace apenas un mes, mi vida transcurría entre las cuatro paredes de una oficina en el centro de Vigo. Hoy, mi «despacho» tiene vistas a una exposición llena de vehículos que prometen libertad y aventura. Cambié las hojas de cálculo por fichas técnicas de autocaravanas y los correos electrónicos por conversaciones sobre rutas por la Costa da Morte. Empezar a trabajar en una empresa de venta de caravanas en galicia ha sido, cuanto menos, un giro de 180 grados.
Mi primer día fue un bautismo intensivo. Pensaba que una caravana era poco más que una «casa con ruedas», pero pronto me vi inmerso en un universo de términos que sonaban a otro idioma: «perfiladas», «capuchinas», «integrales», MMA, aguas grises, claraboyas… Mi jefe, un veterano del sector con un entusiasmo contagioso, me llevó de modelo en modelo, abriendo arcones, desplegando toldos y explicándome las diferencias entre un motor Fiat y un Ford, o las ventajas de la calefacción Truma.
Lo que más me ha sorprendido es el tipo de cliente que entra por la puerta. Aquí no vendemos simplemente un vehículo; vendemos un proyecto de vida, una ilusión. He atendido a parejas de jubilados que, tras años de trabajo, quieren recorrer las Rías Baixas sin prisas. He hablado con familias jóvenes con niños pequeños que buscan una forma más económica y flexible de pasar los veranos, cansados de los precios de los hoteles en agosto. Y también a aventureros solitarios que sueñan con llevar su tabla de surf a playas recónditas de Portugal.
Cada conversación es un mundo. La gente no te pregunta solo por los caballos del motor o la capacidad del depósito de agua. Quieren saber si podrán maniobrar bien por las carreteras de montaña de los Ancares, si la calefacción será suficiente para una escapada invernal a Manzaneda, o si el portabicicletas aguantará las corredoiras. Te conviertes en una especie de consejero de viajes, un facilitador de sueños.
Estos días he aprendido que vender una autocaravana no es como vender un coche. Es entender que estás ofreciendo un pasaporte a la libertad, la llave para despertarse un día en la playa de As Catedrais y al siguiente en un viñedo de la Ribeira Sacra. Y aunque todavía me queda un universo por aprender, cada vez que un cliente sale de aquí con una sonrisa, siento que, en parte, me voy de viaje con ellos.