En una ciudad donde el salitre abrillanta barandillas y envejece cadenas con la misma constancia, pensar en pintar bicicleta A Coruña es casi una cuestión de salud pública para tu cuadro. Lo dicen los mecánicos del barrio y lo confirma cualquier ciclista que haya aparcado frente al mar: entre la bruma atlántica, la lluvia intermitente y el asfalto que se calienta lo justo para que la humedad haga de las suyas, la pintura no es solo estética; es armadura. Y cuando esa armadura luce bien, la bici no solo dura más, también pedalea con actitud.
Los talleres artesanos de la ciudad lo saben. En mesas con soportes giratorios y focos que parecen de estudio fotográfico, se afinan colores como si se preparara el vestuario de una obra. “Aquí no vendemos spray, vendemos criterio”, bromea un pintor con experiencia, mientras explica la diferencia entre un lijado a conciencia y el apaño de sábado por la tarde que acaba chorreando a la primera llovizna. En el proceso serio, el cuadro se desnuda por completo, se limpia, se corrigen picaduras, se aplica imprimación y, solo entonces, llega el color elegido y un sellado final que determinará cuánto resiste la bicicleta a los caprichos del clima coruñés.
Hay quien prefiere pintura líquida en cabina, con su abanico infinito de tonos y efectos perla; otros apuestan por el recubrimiento en polvo, más resistente a golpes y a las microabrasiones del día a día. La elección depende de lo que le pidas a tu montura: si sales con frecuencia por la costa y aparcas en la calle, un acabado duro puede ser tu mejor aliado; si buscas matices, degradados o ese rojo cereza que roba miradas en Cuesta de la Unión, los barnices bicomponentes abren un catálogo de posibilidades digno de vitrina. En ambos casos, el secreto no está en la capa que se ve, sino en las que no se ven: la imprimación correcta y el curado en condiciones.
Los colores cuentan historias. Ha vuelto la fiebre de los tonos clásicos sobre acero —azules profundos, verde botella, crema— que hacen juego con guardabarros pulidos y sillines de cuero, pero también arrasan los neones que parecen escapados de un criterium nocturno. Abundan los detalles en contraste: logos minimalistas, fileteados finos en el tubo superior, toques reflectantes que transforman un capricho estético en un plus de seguridad cuando la niebla se descuelga sobre la ciudad. Y no faltan quienes se atreven con texturas satinadas que evitan huellas, perfectas para los que aparcan entre cafeterías y no quieren ver marcas al primer roce con un aparca bicis.
Hablemos de tiempos y expectativas, territorio donde se separa el romanticismo del calendario. Un trabajo bien hecho requiere paciencia: desmontaje total, preparación meticulosa, capas que secan, barnices que curan, montaje con par de apriete exacto. En una semana puede estar; si surge una corrección o el clima se vuelve particularmente húmedo, quizá necesite algunos días más. La prisa, en pintura, casi siempre es enemiga del resultado. La bici, por su parte, agradecerá la espera con un acabado uniforme, sin piel de naranja ni zonas mates que delaten improvisación.
Está también la disyuntiva del “me lo hago yo”. La tentación es grande: un par de vídeos, una mascarilla y un cartón para cubrir el suelo de la terraza. Funcionar, funciona… a veces. Si te lanzas, que sea con desengrasado a fondo, lijado progresivo, imprimación compatible con el material del cuadro, manos finas, tiempos de secado respetados y, a poder ser, un barniz 2K que aguante la intemperie. Lo que no funciona: pintar con humedad ambiente alta, hacerlo en el pasillo, olvidar tapar roscas y alojamientos, o saltarse el curado porque “mañana hay salida”. Si vas con mimo, puede quedar digno; si no, los mosquitos de verano harán su propio mosaico sobre el tubo diagonal.
El bolsillo también opina, y con razón. Reacondicionar una bici con pintura de calidad no compite con una compra impulsiva de bicicleta nueva del escaparate, compite con darle años extra a un cuadro que ya conoces y ajustar la estética a tu medida. Cuando comparas inversiones, recuerda que un recubrimiento resistente protege la base metálica de la corrosión, y que un acabado profesional, si cuidas los apoyos y evitas golpes en el transporte, se mantiene fresco mucho más de lo que parece. Piensa en ello como cambiar de traje: no te convierte en otra persona, pero te sienta de maravilla.
Tras la transformación, los cuidados mandan. Los primeros días, mimo absoluto: evita colgar la bici por el tubo recién barnizado, no la aprietes a la estructura de un bus urbano con una cincha que deja marca y lava con esponja suave y agua templada, sin disolventes ni inventos de cocina. Cuando la pintura esté curada, una cera para cuadros o un sellante específico ayuda a repeler manchas y facilita el mantenimiento. Y si vas al monte o a la costa, un poco de cinta protectora transparente en las zonas de roce hará más por tu acabado que cualquier sermón.
Hay detalles que conviene no perder de vista: el número de serie del cuadro no se cubre con pintura; es tu DNI ciclista. Las pegatinas de homologación de algunos componentes deben mantenerse visibles. Si tu bici es eléctrica, infórmate sobre protecciones y posibles restricciones de temperatura durante el curado, porque no todos los motores o baterías admiten el mismo procedimiento. Un taller con oficio te preguntará por estas cosas antes de encender la pistola, y tú se lo agradecerás cuando pase el tiempo y todo siga encajando como el primer día.
En una ciudad que combina cuestas, brisa marina y esa permanente invitación a pedalear junto al océano, el color se convierte en tarjeta de presentación y en escudo. Si te apetece estrenar sensación sin cambiar de montura, afinar la personalidad de tu bici y ganar resistencia frente al clima, la decisión pasa por informarte, elegir una paleta que te haga sonreír y apostar por un acabado que soporte tu ruta cotidiana. La próxima vez que aparques en la plaza, verás que las miradas duran un par de segundos más, y tu bici también.