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Bautismo entre peregrinos: Mi primera vez en el aeropuerto de Lavacolla

Conducir hacia el norte por la AP-9 siempre tiene un punto de desconexión. Acostumbrado a que la búsqueda de buenas conexiones me empujara a cruzar la frontera hacia Porto o a aprovechar la cercanía de nuestro Peinador en Vigo, esta vez la tarjeta de embarque marcaba un origen distinto: el aeropuerto de Santiago-Rosalía de Castro, el histórico Lavacolla aeropuerto. Era mi primera vez despegando desde la capital gallega, y la expectación se mezclaba con la rutina de quien lleva el viaje en la sangre. Dejando atrás nuestra ría y adentrándome en el interior, la característica niebla matinal me acompañó casi hasta la misma salida de la autovía, como si el paisaje quisiera mantener cierto halo de misterio hasta el final del trayecto.

Al tomar el desvío, la imponente estructura de la terminal apareció ante mis ojos. Había leído sobre su diseño, pero ver en persona esos enormes pilares en forma de «Y» y su extensa cubierta moderna, que contrasta tan bien con el verde intenso de los montes compostelanos que la rodean, fue una grata sorpresa. Dejar el coche fue sencillo, sin el agobio paralizante de los macro-aeropuertos internacionales, pero con la clara sensación de estar pisando un punto neurálgico, una de las puertas principales de nuestra tierra al mundo.

Lo que más me impactó al cruzar las puertas automáticas fue, sin duda, la atmósfera. A diferencia de otras infraestructuras donde reinan los trajes de chaqueta, los maletines rígidos y el sonido de tacones apresurados, Lavacolla tiene un alma inconfundible. El amplio vestíbulo estaba salpicado de mochilas enormes, botas de montaña marcadas por el barro y conchas de vieira atadas a las cremalleras. Era el punto final de innumerables Caminos de Santiago. Se respiraba una mezcla de cansancio físico extremo y una alegría emocional contagiosa. Ver a grupos de peregrinos de distintas nacionalidades abrazándose y despidiéndose tras haber compartido tantos kilómetros a pie le otorgaba al edificio una calidez humana casi imposible de encontrar en otra pista de despegue.

Los trámites de facturación y el paso por los arcos de seguridad fluyeron con la tranquilidad propia de quien sabe hacer las cosas sin estridencias. Una vez en la zona de embarque, busqué un rincón tranquilo frente a las inmensas cristaleras. Con un buen café en las manos, me dediqué a observar la plataforma. A lo lejos, las aeronaves parecían posarse literalmente sobre un horizonte boscoso. Ese contraste visual entre el rigor del asfalto, la alta tecnología de la aviación comercial y la profunda raíz rural del entorno me pareció francamente hipnótico.

Cuando por fin mi vuelo asomó en las pantallas y llamaron por megafonía, me levanté con una inesperada sensación de pertenencia. Mi primera experiencia en Lavacolla me enseñó que un aeropuerto no tiene por qué ser un simple espacio de tránsito frío y despersonalizado. Aquí, entre el eco de mil acentos distintos y las vistas a nuestros montes, sientes que la esencia de Galicia te arropa hasta el mismo instante en que pones un pie en la escalerilla del avión. Supe entonces que este sería, sin duda, el primero de muchos despegues.